Historia de la Hermandad


APROXIMACIÓN HISTÓRICO-ARTÍSTICA
A LA ANTIGUA HERMANDAD DE
NUESTRA SEÑORA DE LOS REYES
DEL GREMIO DE SASTRES



Por José Francisco Haldón Reina


A Manolo Marcos,
inolvidable Hermano Mayor,
in memoriam.






INTRODUCCIÓN
La devoción a la Virgen de los Reyes empieza a acuñarse durante los días en que Fernando III puso cerco a la Isbiliya musulmana. Son varias las piadosas leyendas que, a lo largo del tiempo, se han venido transmitiendo sobre la especial veneración que el monarca castellano sentía hacia Santa María. Muchas de esas leyendas aluden a la presencia en la ciudad de una serie de imágenes góticas de la Virgen -concebidas todas como Sedes Sapientiae y calificadas muchas veces como “fernandinas”- entre las que se encuentran la Virgen de las Aguas de la Colegial del Salvador, la de Valme de Dos Hermanas, la de los Reyes de la Catedral de Sevilla, o la que es trasunto de ésta, la homónima titular de la antigua cofradía de los Sastres.

No resulta fácil recopilar el devenir histórico de tan secular corporación, pues los fondos de su archivo han desaparecido casi en su totalidad, posiblemente a causa de la precipitación con la que los cofrades hubieron de abandonar su sede del convento de San Francisco en 1840, lo que les obligaría a trasladar muchos enseres a domicilios particulares, propiciando así su extravío.

En consecuencia para tratar de hilvanar el hilo de la historia se ha dispuesto de dos tipos de fuentes documentales: de una parte, la información proporcionada por distintos historiadores que tratan sobre la Hermandad y su Gremio; y, de otra, los escasos documentos que se custodian en su archivo, reducidos a cinco tomos de los siglos XVII y XVIII: dos libros de ejecutorias del Gremio, un libro de cargo y data, otro libro de actas y un tercero que contiene traslado de la copia de las históricas Reglas que se llevó a cabo en 1878 .



CAPÍTULO 1: EL ACONTECER HISTÓRICO


1.- Los orígenes: de la leyenda fernandina al Hospital de San Mateo
Tradicionalmente, y siguiendo lo afirmado por la historiografía local, es tenida esta Corporación como la más antigua de las Hermandades de Gloria y una de las primeras de entre las de la Ciudad, vinculando sus orígenes legendarios a un episodio caballeresco ocurrido durante el cerco al que el Rey Santo sometió a Sevilla. Así, se cuenta que en cierta escaramuza llevada acabo por los musulmanes sevillanos sobre el campamento castellano, una flecha fue a dañar un estandarte en el que figuraba una efigie de Nuestra Señora y que el monarca no permitió a ninguno de los menestrales que formaban parte de su hueste que reparase el daño causado, poniéndose el mismo a la tarea con la aseveración de que “no otra persona que un rey le puede coser a la Reina de los Reyes” (1). Según la leyenda, este episodio habría dado lugar a la vinculación que a partir de ese momento se estableció entre el soberano y el gremio de alfayates.

En el repartimiento de la Ciudad, tras su reconquista, los sastres quedaron establecidos en una de las calles que formaban la Alcaicería Mayor, concretamente en la que, al menos desde el siglo XV, se denominó "alfayates", rotulo que ostentó hasta 1889, en que pasó a llamarse "Rodríguez Zapata" (2).

Los sastres sevillanos se constituyeron como cofradía gremial, con arreglo a la realidad vigente en Castilla durante el siglo XIII, según la cual, este tipo de corporación agrupaba a personas de una misma profesión con fines estrictamente religiosos y asistenciales, como acertadamente ha señalado el profesor Suárez Fernández: “la industria ha dado origen a oficios, es decir, profesiones con proyección empresarial, los cuales promovían normalmente cofradías” (3), a las que ponían bajo la protección de un santo, siendo sus fines principales de carácter caritativo y social. En las noticias referidas al año 1253, el analista Ortiz de Zúñiga especifica que los monarcas castellanos “quisieron que se fundasen entre sí hermandades y cofradías, tomando cada gremio algún santo por especial patrón, principalmente en orden a hospitalidad, en que recíprocamente atendiesen a la curación de sus necesitados, y cuya capilla que a cada hospital se permitió sirviese a sus juntas a que había de asistir siempre uno de los Regidores que las presidiese y autorizase” […] Y poco después agrega: “Otro fue el hospital y cofradía de San Mateo, en que como queda dicho se alistó el mismo San Fernando, y a que dio la imagen de Nuestra Señora, que persevera en su culto” (4).

La pérdida de la documentación original, imposibilita el conocimiento acerca del origen y funcionamiento de los gremios sevillanos durante la centuria siguiente a la conquista de 1248. No obstante, como acertadamente afirma el profesor González Arce (5), su origen jurídico radica en la voluntad real, tendente a reglamentar cuanto se refería a la organización y estructuración de la producción artesana. Así, el Rey Sabio, dentro de unas ordenanzas generales otorgadas para el gobierno urbano, dispuso la existencia de asociaciones de artesanos en cada especialidad laboral. El origen y funcionamiento de los gremios sevillanos durante el siglo XIII, puede ser conocido gracias a que el ordenamiento jurídico sevillano –derivado el Fuero de Toledo y otorgado por Fernando III en 1251- fue trasvasado íntegramente a Murcia tras su definitiva conquista en 1265.

Se ha venido afirmando que el hospital de San Mateo, vinculado al gremio de sastres, pudo estar establecido primitivamente en el monasterio de San Isidoro del Campo. Esta ubicación no dejar de causar extrañeza, en primer lugar por cuanto las competencias del gremio abarcaban hasta los límites del perímetro de la ciudad, y en segundo lugar porque San Isidoro del Campo se funda en 1301 por Alonso Pérez de Guzmán –Guzmán el Bueno- como monasterio-fortaleza, para regir el señorío, convirtiéndose también en panteón familiar.

Sin que se pueda determinar la fecha concreta, el hospital de San Mateo se trasladó a la collación de San Isidoro, en las inmediaciones de la Alfalfa. Según consta, funcionaba ya en tiempos de Sancho IV el Bravo (1284-1295) durante cuyo reinado se “constituyen -en Sevilla- sus hermandades con su hospitalidad” (6).

En el siglo XIV, al calor de renacimiento urbano característico de la Baja Edad Media, estas cofradías se van a orientar hacia la defensa colectiva de sus intereses profesionales contra los competidores.

Ortiz de Zúñiga nos proporciona distintas noticias sobre el devenir de la Hermandad y Gremio de sastres a lo largo de la Baja Edad Media y de la Edad Moderna; así sabemos que ya en 1506, durante la regencia de Felipe el Hermoso, la Hermandad tenía por costumbre concurrir anualmente a la Procesión del Corpus con las andas de su Titular: “Solían ir también las cofradías de los oficios y gremios; pero solo dura la de los olleros, que lleva las imágenes de las Santas Justa y Rufina, y la de los Sastres con la Imagen de Nuestra Señora de los Reyes, que a la de San Mateo que representan dio el glorioso San Fernando” (7).

A partir del siglo XVI y hasta el XVIII, la Hermandad de los Sastres conoce su época de mayor apogeo, por lo que no es de extrañar que fuera una de las corporaciones que el 11 de marzo de 1526 asistió al enlace matrimonial de Carlos I con doña Isabel de Portugal. Para esta jubilosa ocasión debió estrenarse una nueva bandera, que aún se conserva, y en la que aparece efigiado el Emperador, según veremos más adelante. También participó esta Cofradía en la traslación de la Virgen de los Reyes y del cuerpo incorrupto de San Fernando a la nueva Capilla Real en 1579, figurando sus miembros, más de doscientos entre oficiales y maestros, entre los Caballeros Veinticuatro que formaban la escolta (8), en razón de tener al Rey Santo como fundador, a tenor de un privilegio otorgado en tal sentido por Felipe II: “Comenzaban los Veinticuatro, y entre ellos a título de guarda de los cuerpos reales, se dio lugar a los Oficiales sastres, cofrades de la Cofradía de San Mateo, que por la venerable memoria de haberlo sido de ella San Fernando, mantienen la preeminencia de representar su guardia en tales funciones, y llegaba su número a doscientos en traje militar de gala con alabardas” (9).

En la reducción de hospitales, decretada por el Cardenal Arzobispo de Sevilla, Rodrigo de Castro en 1587, queda suprimido el de San Mateo, por este motivo la Hermandad pasó a radicar en la cercana parroquia de San Nicolás, acontecimiento que una vez más consigna con su habitual precisión Ortiz de Zúñiga: “Las hermandades y cofradías, a cuyo cargo estaban estos hospitales, de que también muchos eran de los gremios y oficios, unas se extinguieron con su extinción, y otras se pasaron a diversas Iglesias y Conventos, como fue la de San Mateo, que estaba en su Hospital, en la Alfalfa, que de los de la Parroquia de San Isidro se reduxo al del Espíritu Santo, la cual se pasó al Convento de San Francisco, donde permanece con la santísima imagen que por dádiva de San Fernando se venera y saca en la procesión del Corpus” (10).

2.- La fecunda etapa de San Francisco el Grande
A comienzos del siglo XVII, la Cofradía traslada su sede canónica al Convento Casa Grande de San Francisco, estableciéndose en una capilla situada “en el coro, junto a la puerta que da al claustro” (11), que pertenecía a la familia de los Santillanes.

Además de los cultos que las Reglas establecen para honrar a los Titulares, la Hermandad siempre concedió gran importancia a su participación en la Procesión del Corpus, probablemente por su condición de gremial, ya que hasta 1554 eran los gremios quienes tenían a su cargo la organización de los festejos con que se celebraban en honor del Augusto Sacramento. Era costumbre que la Cofradía concurriera con las imágenes de la Virgen de los Reyes y San Mateo que, en sus respectivas andas, eran trasladadas procesionalmente en la mañana de dicho día hasta la Catedral, para regresar de dicha forma y una vez concluida la Procesión a San Francisco. Se sabe que, al menos, desde 1625 venía ejercitándose esta práctica, pues en aquella ocasión el provisor Marcos Pabón comunica a la Hermandad una sanción pecuniaria por no haber concurrido a la Procesión del Corpus.

En 1632, alegando su origen fernandino, la Cofradía consiguió del provisor del Arzobispado que la autorizara, a presidir la procesión de la Bula de la Santa Cruzada y la del Santísimo Corpus Christi (12) en el siguiente año de 1633, lo que motivó que la Cofradía de la Vera Cruz, radicada también en San Francisco, le pusiera pleito por considerar que su antigüedad era mayor y, en consecuencia, le correspondía dicha presidencia. Este hecho motivó que el 7 de julio testificaran a favor de la Hermandad el licenciado Cristóbal López Garrido, el licenciado Cristóbal Marían, el bachiller Lope Arias de Orduña, todos ellos capellanes del Sagrario; Alonso Díaz, maestro fundidor de San Marcos, el licenciado Antonio de Cuevas Villarroel, capellán de la A tigua; el doctor Juan Bautista Moreno, presbítero del hábito de San Juan y el licenciado Pablo Espinosa de los Monteros, presbítero vecino de Omnium Sanctorum (13). De todos los testimonios, tuvo especial importancia el prestado por el historiador Espinosa de los Monteros que afirmó lo siguiente: ciudad, “para el mismo efecto de la composición de la segunda parte de la historia de Sevilla vio este ttº. una ssedula real firmada de la mano del Rey phelipe segundo questa en el archivo del Cabildo desta ciudad, questa rexistrada en el oficº. de francisco frz. villalobos svnº. público de Sevilla en la qual da el dho. señor Rey don Felipe segundo instruyción al ilustrísimo don xptobal de Rojas arzobispo que fue de la santa iglesia del modo que se avía de tener en la traslación de la imagen de nra. Señora de los Reyes y cuerpos de san leandro y del señor rey don frdo. el santo y de los demás Reyes e infantes questaban sepultados en la capilla antigua que ocupaba parte del sitio en que sestá fabricando el nuebo sagrario de la Sangta ygla. para pasallos a la capilla Rl. nueba donde oy están y llegando en la dha. ynstruyción a decir que personas avían de llebar el Cuerpo del dho. Santo Rey y los que avían de llebar las baras del palio debaxo del qual fue y el lugr. donde avía de ir manda que los maestros sastres desta ciudad salgan haciendo fofos. de guardias del cuerpo del sr. Rey don frdo. el Santo como hermanos que son de la cofradía de nra. señora de los Reyes que fundó el dho. Señor Rey don frdo. el Santo en esta ciud. por lo qual este ttº. save que la dha. cofradía de nra. Señora de los Reyes a sido y es mucho más antigua” (14). En consecuencia, este pleito concluyó el 29 de agosto de 1634, mediante auto del provisor, que fallaba a favor de la Cofradía de los Sastres, manteniéndola en sus privilegios. Este fallo fue recurrido por las hermandades demandantes: Vera Cruz, Vírgenes de Triana y San Diego del Valle; siendo desestimado por medio de unas bulas apostólicas de Urbano VIII, representado por el nuncio en España, Lorenzo Campeguis, fechadas en Madrid el 10 de febrero de 1635 (15).

El desenlace del pleito con la Cofradía de la Vera Cruz provocó que la Hermandad de los Sastres ocupara en la Procesión del Corpus un lugar preferente, delante de la Sacramental del Sagrario. De la información que ofrecen los documentos del Archivo de la Hermandad en relación con la actuación de los Veedores se deduce que no todos los maestros sastres de la ciudad pertenecían a la Cofradía, ni abonaban las tasas que los agremiados debían satisfacer a la misma. Esta situación debería prolongarse en el tiempo, por cuanto en el Cabildo que tiene lugar 16 de abril de 1741, se comenta que tan solo pertenecían a aquélla los maestros que “tenían devoción” (16). Todo ello corrobora lo acontecido algunos años antes, en 1683, cuando el maestro sastre Fernando Cardies puso pleito a la Corporación por no recibirle como hermano y negarle su participación en la Procesión del Corpus, fallando a su favor el provisor Gregorio Bastán y Arostegui en autos de 20 de mayo y 27 de octubre de dicho año, en los que ordenaba que habría que darse vela en la Procesión a cualquier maestro sastre, fuera o no hermano. La circunstancia de que hubiera maestros sastres que no eran miembros de la Hermandad obedecía, sin duda, a la limpieza de sangre que exigían las Reglas, requisito que no era necesario para formar parte del Gremio.

Como se comprobará en el apartado destinado al estudio de las Reglas, la Hermandad desarrolla a lo largo del siglo XVII una importante tarea asistencial, entre las que destacan las adoptadas por el Cabildo General celebrado el 8 de octubre de 1646, en el que se afirma que pertenecían a la misma los hermanos sastres, calceteros y jubeteros (17):
1.- “Llevar a cabo una colecta semanal entre los hermanos para ayudar a los necesitados” (18).
2.- “Costear medicinas y médico a los que lo necesiten. Los Veedores visitarán al enfermo y comprarán en la botica más cercana las medicinas necesarias”.
3.- “Entregar 50 o 100 reales de vellón a los que estuviesen presos para conseguir su libertad” (19).
4.- “El que muriere pobre que se entierre de limosnas y llebe ocho acompañantes y capa y se le diga misa de cuerpo presente y la cofradía de doce achas, pagándole la caxa... y muñidor”.
5.- En los entierros acompañarán todos los hermanos con “sus belas encendidas y doce achas, excepto que cuando acompañe la caridad tan solamente se den doce cirios que lleben los niños de la Doctrina y que los hermanos sean obligados de acompañarle como si llebasen las belas encendidas”.

En 1650 se aprueban unas Ordenanzas de Cabildo. Poco después, un nuevo pleito ha de afrontar la Hermandad en 1654, el cual le fue interpuesto el 14 de julio por la comunidad de San Francisco, representada por su procurador fray Francisco de la Serna, que demandaba el pago de unos estipendios que se habían dejado de abonar en el mencionado año de 1650. Dichos estipendios correspondían a una dotación, otorgada mediante escritura el 19 de marzo de 1615, de ciento veinte ducados que se destinaban a la ejecución de unas varas de plata para el paso de la Virgen, por lo cual, la Corporación se obligaba a costear nueve misas rezadas y otras tres cantadas, que debían oficiar los religiosos franciscanos. El pleito concluyó el 23 de diciembre con el embargo de las varas de plata del paso y algunos bienes del taller del Mayordomo, Francisco Martín Carrascosa, a saber: “un tablero de caoba grande con los caxones, una caxa de cedro de bara y media y un baul de flandes con baretas de hierro” (20), por un importe 108 reales que ejecutó el alguacil mayor Alonso de Ribera y Vargas.

La canonización de Fernando III por el Papa Clemente X en 1671 llenó de gozo a Sevilla, que con tal motivo organizó diversos festejos, en los que la Hermandad tomó parte activa, teniendo a su cargo, como en otras ocasiones, la custodia del cuerpo del Santo Rey en virtud de un antiguo privilegio otorgado a los sastres. También por esos años, en 1675, se aprueban unas Ordenanzas de especial contenido social (21).

Entre las última década del siglo XVII y el primer cuarto del XVIII, la Hermandad atraviesa por una época de decadencia. Los acontecimientos más notables de este período son: la confirmación de las Reglas de 1628, el acuerdo de vender cuatro capas viejas para destinar el producto a la ejecución de unos nuevos frontales de altar para la capilla y el establecimiento de una misa dominical en la expresada capilla que se aplicaría por los hermanos difuntos que en aquel año fallecieran.

El 14 de mayo de 1729, con la participación incluso de Felipe V, se efectuó con gran magnificencia el traslado del cuerpo incorrupto de San Fernando a la nueva urna de Juan Laureano de Pina. La Hermandad, hizo valer su antiguo privilegio de dar escolta al Santo Rey en la Capilla Real, lo que le fue otorgado y a tal efecto sus miembros hicieron la guardia vestidos con su tradicional uniforme de alabardero . No obstante no se permitió a la Corporación formar parte de la Procesión a la que se dio traslado de la siguiente resolución real: “Sr. Juan de Cruces, diputado de la hermandad del apóstol San Mateo=El Rey ha venido en declarar, que la novedad de no ocupar en la procesión del sábado próximo la hermandad del apóstol San Mateo y gremio de maestros de Sastres, el lugar que en ella le competía, según la práctica observada en las anteriores procesiones no debe perjudicar jamás a la misma hermandad el derecho y la posesión que tiene de ocupar en las procesiones de adelante el mismo lugar, y puesto que hasta ahora ha ocupado en las antecedentes. Y lo participo á Vmd. de órden de S. M. para que lo ponga en noticia de la mencionada hermandad. Dios gue. Á Vmd. muchos años. Sevilla 12 de mayo de 1729.= El marqués de la Paz. = Cuya copia, autorizada por escribano público, presentó la Hermandad al Cabildo Eclesiástico, quien en el celebrado el 13 de Julio del mismo año lo mandó insertar entre sus autos capitulares para los efectos que hubiese lugar” (22).

Unos años después, para la Procesión del Corpus de 1732, se encomendó a distintos gremios el exorno de algunos puntos de la ciudad y entre ellos “el arquillo de la Montería se puso a cargo de los maestros sastres, cuyo esmero correspondió al de las demás corporaciones” (23). Meses antes, el Cabildo General celebrado el 24 de febrero de 1732 decidió la confección de unos nuevos faldones de damasco dorado y blanco para el paso de la Virgen. Un curioso suceso aconteció en 1743 al disponerse los cofrades a concurrir en la forma acostumbrada en la Procesión del Corpus “que es cuando la hermandad sale en la procesión General de este día, se halló que la cruz del estandarte estaba fuera de la hermandad, empeñada en sesenta pesos, sin noticia de la hermandad, por lo que fue preciso buscar una cruz prestada para aquel día” (24). La consecuencia inmediata fue acordar que no se prestaran las alhajas de la Corporación para evitar que se estropearan y tuviera que repararlas aquélla a sus expensas.

En 1767, tras considerar distintos presupuestos, confiar a Antonio de Ortega la confección de un nuevo paño de difuntos que viniera a sustituir al existente por hallarse muy deteriorado.

El Cabildo de 9 de noviembre de 1774 acepta una propuesta del maestro sastre Manuel de Aguilar para costear a sus expensas una Función a San Homobono, acordándose “se diesen los cirios de la Hermandad y las cuatro hachetas para que de ellos se pusiesen ocho en el altar mayor y los otros ocho fuesen para que los sacasen nuestros hermanos al Evangelio, Sanctus y Elevación de Hostia y Cáliz hasta Reservar a su Majestad. Juntamente que en medio de la iglesia se colocasen nuestras bancas formando con ellas un decente coro, la mesa adornada con su cubierta de tela, baras y Regla para hazer ostentación la dicha Hermandad de su asistencia y assí mismo las velas del plan de altar con el escudo de nuestras armas” (25). Con esta solemnidad se celebró dicha Función el 13 de dicho mes de noviembre, predicando en ella el franciscano Fernando de Valderrama.

El bienio 1774–1776 contempla la realización de diversos enseres que vienen a completar el patrimonio de la Cofradía como fueron el bordado del Simpecado nuevo, por el que se pagó al bordador Juan Caro la cantidad de 750 reales y al que se dotó también de nuevos cordones, borlas y fleco de oro y seda, todo ello por importe de 354 reales que se abonaron a José Padilla. También se produjo la compra de tela y forro para el Estandarte a Juan Calonge (750 reales), una toca para la Virgen que se estrenaría en la Procesión del día del Corpus (28 reales) y componer la cruz (80 reales) (26).

Con el fin de lucrar el jubileo de Año Santo de 1776 y con arreglo a las condiciones establecidas para los cuerpos y congregaciones, la Hermandad salió a visitar las iglesias asignadas para ello los días 15, 16, 17 y 18 de septiembre en la siguiente forma: “convocados nuestros hermanos para los dichos días, por cédulas que repartió nuestro hermano fiscal citándolos para las cinco de la tarde, juntos que fueron (en trage militar) yva el Sin Pecado delante que se estrenó para este fin, siguiendo la Hermandad en dos columnas rematándolas nuestros Alcaldes, que lo eran D. Francisco Fossati de León y D. Juan del Bosque con las varas de plata, y presididas de dos religiosos del convento de nuestro Padre San Francisco donde está nuestra capilla. Yva un muñidor delante del Sin Pecado con ropón de damasco carmesí y el escudo de plata al cuello con las armas reales” (27).

No debió perseverar la Hermandad en la práctica de dar escolta al cuerpo de San Fernando, pues en 1786 presenta al Cabildo de Capellanes Reales un memorial en el que expone la posesión de este antiguo privilegio, con la pretensión de volver a constituir dicha guardia, vistiendo sus miembros el acostumbrado uniforme de alabardero, el cual, por merced de Carlos III, estaba constituido por una casaca militar de paño azul con botonadura de metal plateado y galones de plata, chupa de grana; bandas encarnadas de seda con borlas en los extremos, en las que figuraba un escudo bordado con las armas reales, y cartera con galón de plata de un dedo de ancho. Se completaba con espadín, que habría de permanecer desenvainado durante el transcurso del acto. El Cabildo otorga su aprobación con una serie de condiciones, advirtiendo que de no cumplirse supondría el fin del citado privilegio. A instancias del Decano de la Real Audiencia, Francisco de Bruna, que consideraba exagerada tal facultad, quedó la misma sin efecto por medio de una Real Provisión de 11 de septiembre de 1787, en la que se autorizaba a los sastres a asistir al acto de descubrimiento del cuerpo de Rey Conquistador, sin formar escolta alguna y habiendo de ser modificado el uniforme de alabardero. Sin duda, esta resolución no fue del agrado de los cofrades, quienes el 14 de mayo de 1788 se presentaron en la Capilla Real con la intención de constituir nuevamente la guardia de San Fernando. Como quiera que el Capellán Mayor se opusiera a tal resolución, se originó un agrio enfrentamiento, formando los sastres al lado de los Capitulares con los espadines descubiertos y terciados sobre el pecho. Tal escándalo trascendió a la Corte, por lo que el 30 de abril de 1789, la Real Cámara de Castilla expide una Real Cédula por la que determina y manda que la Hermandad deje por ahora de dar la guardia, quedando ésta al cuidado de los Capellanes impartiendo el auxilio militar si fuese necesario. A partir de ahí, serán tropas de la guarnición en Sevilla las encargadas de custodiar el cuerpo de San Fernando en las cuatro ocasiones en que cada año se expone públicamente.

3.- La Capilla
La capilla que ocupa la Hermandad en el Convento de San Francisco le fue cedida en usufructo por don Francisco Fernández de Santillán, Caballero Veinticuatro de Sevilla, mediante escritura otorgada el 11 de diciembre de 1601 ante el escribano Simón de Pineda, dejando constancia de que la Corporación no podía utilizar el enterramiento que en aquella existía, ni colocar en ella escudo de armas alguno. Ochenta años después, la Cofradía adquirió en propiedad la susodicha capilla por la suma de tres mil reales, por medio de escritura otorgada ante el escribano Francisco de Palacios el 16 de octubre de 1681 por el nieto de Fernández de Santillán que aduce como razones “que la dicha hermandad tiene mucho deseo de quedarse en la dicha capilla y yo me hallo con algunos ahogos” (28).

La localización de la citada capilla y, posiblemente, sus reducidas dimensiones, motivaba que los Cabildos Generales se celebrasen en otras capillas del Convento, tales como las San Antonio de los Portugueses o la Concepción de los Burgaleses, abiertas al atrio y situadas junto a la portería del convento, lo que facilitaba el acceso. En estos casos, la Hermandad gratificaba con un donativo a los propietarios de la capilla utilizada y al portero.

En el Cabildo que tuvo lugar el 9 de octubre de 1661, se acuerda la ejecución de un banco de escultura para el tabernáculo de la Virgen, a fin de darle mayor altura (29). Dicho retablo presidiría la capilla, ubicándose en los laterales otros dos dedicados a San Mateo y San Fernando, respectivamente.

Con el fin de sustituir a los tres existentes en la capilla, el Mayordomo, José Cayetano, concierta con Felipe del Castillo la ejecución de un nuevo retablo en la cantidad de 300 ducados, más la entrega de los retablos antiguos. Sin embargo, un año más tarde el Cabildo decidió encargar al artífice Miguel de Gálvez Sarabia la construcción del nuevo retablo, en el que se ubicarían las imágenes de la Virgen de los Reyes, San Mateo y San Fernando: “Digo yo Miguel Gálvez, maestro de arquitectura de la ciudad de Carmona, que me obligo hacer un retablo que tengo ajustado en precio de 300 ducados [...] y en lo que mira al dinero se a de dar en tres partidas, puesto el primer cuerpo la tercia parte del contrato, puesto el segundo se a de dar lo correspondiente y concluydo lo restante. Hasi me obligo a dar concluido para el mes de septiembre de este presente año” (30). El dorado del nuevo retablo se encomendó al maestro Francisco Labraña, que percibiría la cantidad de nueve mil quinientos reales, a los que hubo que sumar otros doscientos noventa y nueve, que el Mayordomo, Pedro Ferrera, entregó como propina a los doradores cuando dieron por terminada su labor en la víspera de la Pascua de Reyes del expresado año. El expresado retablo se bendijo en el transcurso de una Solemne Función que tuvo lugar el 12 de febrero de 1764 con misa, sermón, música y fuegos, “siendo Mayordomo el hermano Pedro Ferrera, Alcalde antiguo el hermano Pedro Alcantara, Alcalde moderno el hermano Francisco Poleo, Fiscal el hermano Manuel Sánchez, Prioste el hermano Balthazar de Cobos, Veedores el hermano Manuel Pérez y el hermano Manuel Hernández” (31), y asistiendo la práctica totalidad de la Hermandad, así como una considerable parte del Gremio.

Las mejoras en la capilla se prodigan durante todo el siglo XVIII, así en 1768 se acuerda colocarle una nueva solería, toda vez que la existente era de ladrillo y se encontraba deteriorada, teniéndose la costumbre de cubrirla con esteras; en tanto que al siguiente año se remozaron las pinturas de sus paredes. El Cabildo celebrado 10 de septiembre de 1778 informa de haberse dispuesto el “adorno de una sobre puerta sobre la reja de la capilla, vistiendo el medio punto, arrancando éste desde la cornisa de la dha. reja subiendo su media o clave la cantidad de vara y media, y algo más, siendo este medio un targetón tallado y recortado primorosamente, y en este medio relieve las armas Rs. de Castillos y Leones, y estos bien hechos con toda perfección. Entendiéndose que la dha. targa o Escudo debe yr dividida en dos quarteles dividiendo las dos mitades; un cetro en figura recta, y en el otro lado o quartel una Corona imperial en lo superior de dho. y en el medio una muestra de un brazo armado, y en la mano empuñando una Espada, y más abajo un mundo” (32).

En 1775 por llevarse a cabo unas obras en el coro del Convento donde se hallaba ubicada la capilla, la Hermandad se vio obligada a clausurarla temporalmente, trasladando la imagen de la Virgen hasta la capilla de San Antonio de los Castellanos, sita en el claustro principal. Las restantes imágenes permanecerían en la capilla cubiertas con paños, cerrándose el arco de entrada con su cortina “clavándola por sus extremos” (33).

4.- Tiempo de mudanzas
La demolición del Convento de San Francisco en 1840, obligó a la Hermandad a buscar una nueva sede, para lo cual Juan José Cabana solicitaba el 21 de octubre establecerse en la parroquia de San Ildefonso, cuyo párroco había otorgado previamente su consentimiento. El traslado se llevó a cabo de modo apresurado, lo que provocó la pérdida de muchos y valiosos enseres, entre ellos las tablas de San Fernando adorando a la Virgen y la de San Homobono.

5.- El asentamiento en San Ildefonso el Nuevo
A partir del crucial año de 1840, se inicia una época de desorganización y abandono de la Hermandad, que a partir de 1877 es reorganizada gracias a la iniciativa de un grupo de sastres formado por José Montero, Luis Gordillo, Francisco Fernández, Fernando del Castillo y José Rojo. Así se inicia una etapa de recuperación en la que en el breve espacio de dos llegan a ingresar en la Corporación más de doscientos hermanos.

Recuperada la Hermandad se fija la salida de la Procesión para la tarde del día de la Asunción de 1879., si bien ignoramos si este proyecto se llevó a cabo. Pocos años más tarde, en 1894, la Junta de Gobierno proyectó el traslado de la Hermandad a la Parroquia de Santa María Magdalena, argumentando que su céntrica localización favorecería el incremento de la devoción a la Virgen. Según parece la sagrada imagen ocuparía el altar de San Antonio en el antiguo templo dominico. Sin embargo la rápida reacción del párroco y un grupo de cofrades frustraron esta iniciativa quedando la Corporación definitivamente asentada en San Ildefonso, de donde la titular fue llevada hasta la sede del Ayuntamiento para presidir la ceremonia de despedida de los soldados que partían para la guerra de Cuba el 29 de julio de 1895 (34).

Hasta el último cuarto del pasado siglo, la Hermandad estuvo formada exclusivamente por profesionales de la sastrería, que continuaron rindiendo culto a la Virgen de los Reyes, la cual volvería a figurar en la Procesión del Santísimo Corpus Christi 1922 (35), acontecimiento del que se guarda un curios documento gráfico que permite contemplar al paso en el tramo final de la calle Placentines. También existe constancia gráfica de la participación de la imagen titular de los sastres en la magna procesión del 23 de noviembre de 1948, organizada para conmemorar el VII Aniversario de la Reconquista de Sevilla.

A partir de la década de los cincuenta, la Corporación recibe un importante impulso, brindado por un grupo de esforzados maestros sastres y cofrades: Millán Luis Delgado Gutiérrez, José María Pérez-Cerezal Clavijo –ambos Hermanos Mayores-, Fernando Santos Mira, Antonio Berro Lazo y un largo etcétera. Prueba de ello, es la Solemne Función que tuvo lugar el domingo 1 de junio de 1952 para conmemorar el VII Centenario de la muerte de San Fernando; así como el singular hecho que se dio en octubre de 1954, cuando la Virgen de los Reyes fue trasladada a Zaragoza para participar en la solemne procesión que servía de clausura al Congreso Nacional Mariano. Las imágenes de la Señora y el Niño fueron llevadas en una caja convenientemente preparada, en la que no faltaban varas de nardos. Cuentan las crónicas que cuando se procedió a la apertura de la mencionada caja, todos los presentes quedaron asombrados por el cuidado y el cariño con que se habían dispuesto las Veneradas Efigies, provocando el siguiente comentario: “solamente los sevillanos son capaces de traer una imagen así” (36). El libro de Actas afirma que durante la referida Procesión, celebrada el 12 de octubre, “Nuestra patrona fue muy aplaudida por el gran Pueblo Aragonés” (37).

Tras varias décadas sin salir en procesión, la Virgen de los Reyes volvió a hacerlo, en mayo de 1982, siendo trasladada a la Parroquia del Divino Salvador, donde presidió, entre los días 6 y 9 de mayo de 1982, los actos de la XXXVIII Semana de Estudios Marianos y el Pregón de las Glorias de María (38), para regresar también en forma de procesión a San Ildefonso. Se dio la curiosa circunstancia de que el paso tuvo que efectuar tanto la salida como la entrada por la puerta lateral del templo, al no ser posible que se llevara a cabo por la puerta principal.

Sin precedentes resultó ser la Solemnidad del Santísimo Corpus Christi, 6 de junio de 1985, para la que la imagen de la Virgen de los Reyes, así como las de los Santos Reyes -Fernando y Hermenegildo-, presidieron un suntuoso altar, ubicado en el balcón principal del edificio en que antaño estuvo radicada la Real Audiencia en la Plaza de San Francisco (39).

El sábado 9 de junio de 1985 se celebró misa en acción de gracias por la feliz conclusión de los trabajos de restauración del retablo y trono de la Titular. La restauración del citado retablo estuvo a cargo del dorador Manuel Calvo, habiendo sido sufragado el importe de la misma por la Real Maestranza de Caballería de Sevilla; mientras que la Obra Cultural de la Caja de Ahorros San Fernando corrió con los gastos de restauración del trono de la Santísima Virgen, labor llevada a cabo por el ebanista Manuel Rivera Medina (40).

Diez años después de su última salida procesional, en la tarde del 20 de junio de 1992, la imagen de la Santísima Virgen de los Reyes fue trasladada en andas y a hombros de sus cofrades a la iglesia del Hospital de Ntra. Sra. de la Paz, de la Orden de San Juan de Dios, sito en la Plaza del Salvador, donde presidió la exposición que bajo el título de "Las Glorias" organizó el Consejo General de H. H. y C. C. de la Ciudad de Sevilla con el patrocinio de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla (41). La Sagrada Imagen volvió a su sede de la parroquia de San Ildefonso, en la misma forma en que fue llevada, en la noche del 25 de Julio (42).

Prueba de que la Corporación nunca ha perdido la vinculación con el gremio de sastrería es la distinción conferida a la Santísima Virgen de los Reyes por el Club de Sastres de España, cuyo presidente Luis Enrique Córdova Álvarez, le hizo entrega de la insignia de oro de tan prestigiosa institución al término de la Función Principal de Instituto celebrada el 21 de noviembre de 1999 (43).

No podíamos dejar de consignar la fecha del domingo 28 de septiembre de 2003, cuando se recuperó de forma regular la Procesión de Nuestra Señora de los Reyes, que en tan memorable jornada estrenó pasó y la restauración de varias piezas de su ajuar procesional (44).


CAPÍTULO 2: LAS REGLAS

1.- Las primeras aprobaciones de Reglas
Transcurridos seis años desde el abandono del antiguo Hospital de San Mateo y, sin duda, con el fin de acomodarse a su nueva circunstancia, la Hermandad redacta Reglas que fueron aprobadas en 1593, en sede vacante por el deán Alonso de Revenga (45). Este texto, revisado por Francisco Bidón, notario mayor del Tribunal de la Iglesia de Sevilla, fue confirmado en 1628 a solicitud del maestro sastre y fiscal de la Hermandad, Juan Rodríguez de Cepeda. Posteriormente se volvió a ratificar por auto del provisor y vicario general Juan de Monroy de 25 de mayo de 1703. Nuevas confirmaciones se alcanzarían en 1728, 1749 y abril de 1773.

2.- Las Reglas de Carlos III
El 25 de junio de 1783, Carlos III, a propuesta del Consejo de Castilla, decreta la extinción de las cofradías erigidas sin autorización real o eclesiástica y de todas las cofradías gremiales, pudiendo subsistir sólo las que tuvieran sus Reglas aprobadas por ambas jurisdicciones. Este hecho motivó que un año más tarde, en 1784, se redacten nuevas Reglas, cuya aprobación solicitan los cofrades Antonio de León, Juan de Ávila y Antonio Bolaños; obteniéndola por Real Acuerdo de 16 de enero de 1788 (46).

Dichas Reglas se abren con un pasaje del Evangelio de San Juan (47). Constan de treinta y cuatro capítulos, en los que se determina todo lo relativo a la vida y gobierno de la Cofradía: recibimiento de nuevos cofrades, con exclusión de moriscos, mulatos y negros; celebración cada año de tres cabildos generales –uno de ellos de elecciones-, modo de celebrar las fiestas de Nuestra Señora de los Reyes y el apóstol San Mateo; asistencia a la Procesión del Corpus, administración económica a cargo del Mayordomo, custodiando los fondos en un arca de tres llaves; participación en los entierros de hermanos, así como de sus hijos, padres, suegros y criados; honras fúnebres a los hermanos fallecidos, a los que lo hicieran fuera de Sevilla y a las viudas, comportamiento de los hermanos en la vida corporativa: excesos de incontinencia, silencio y compostura en los cabildos, en los que no se podrían portan armas, comer o blasfemar; competencias del muñidor, cobro de derechos y penas, asistencia a los cofrades que sufrieran pobreza, nombramiento de un Celador, etc. Entre los capítulos 23 y 24 se hallan dos vitelas pintadas al óleo sobre pergamino.

En la primera se representa un paraje situado fuera del cerco amurallado de Sevilla, constituido por un llano delimitado por una hilera de árboles y pequeñas lomas. En la parte de la derecha asoma la ciudad de la que se observan un muro almenado y la torre de la mezquita mayor –la Giralda- que presenta el curioso anacronismo de aparecer con el campanario renacentista de Hernán Ruiz II y una de las jarras de azucenas que la caracterizan. En primer término, semigenuflexo, se muestra a San Fernando, vestido con armadura y manto real de armiño, orlada la cabeza por un nimbo con rayos y ante el que se encuentran atributos de la realeza: escudo de Castilla y León cuartelado en cruz timbrado por corona real abierta, corona y cetro. En la parte superior, un rompimiento de gloria con la efigie de la Virgen de los Reyes sobre nubes que, ataviada con arreglo a los modelos cortesanos del siglo XVI, sostiene entre sus brazos al Niño del que emanan rayos luminosos que recaen sobre el Santo Rey. En la parte inferior se incluye la leyenda: “per me reges regnant” (48).

En la segunda, se representa a San Mateo de pie en acto de escribir su Evangelio, cuyo texto sostiene en su mano izquierda. La cabeza presenta nimbo con doble hilera de rayos. A la derecha del Apóstol se sitúa su atributo parlante, el ángel del tetramorfos. Ambas imágenes aparecen sobre una elevada peana, en cuyo frente se halla el escudo de Castilla y León cuartelado en cruz y timbrado por corona real abierta, figurando en la parte inferior la leyenda: “S. MATHEO AP. Y EVAn”.

El capítulo 2º. establece que cada año se celebren tres Cabildos Generales. El primero diez días antes de la fiesta de San Mateo –21 de septiembre- para decidir el modo en que la misma se ha de celebrar. El segundo, el tercer día de Pascua de Resurrección con el fin de “pedir y demandar a los Cofrades las penas que tuvieren a la Hermandad” (49). El tercero, veinte días antes de la fiesta de “Nuestro Salvador y Redentor Jesu-Cristo, disponiéndose en el quien ha de tener cargo” (50).

El capítulo 3º. Recoge todo lo referente a la celebración de las fiestas de la Hermandad. La primera, en honor de la Virgen de los Reyes, “el domingo siguiente a su festividad o en su Octava” (51) y la segunda, el día de San Mateo para honrar al Apóstol. En ambas ocasiones se tendría vísperas solemnes, y misa cantada con sermón, debiendo entregar cada hermano dos reales de vellón como limosna y asistir con “candelas encendidas” (52). La ausencia injustificada a estos cultos se penalizaba con una libra de cera.

Con arreglo a lo establecido en el capítulo 4ª., el domingo siguiente al día de San Mateo había de celebrarse Cabildo General para la elección de los distintos oficios de la Hermandad, previa la celebración de una misa de Espíritu Santo. El procedimiento electoral resulta altamente curioso por cuanto se estipulaba que se depositaran en “una urna o caja otras tantas cédulas como Hermanos fuesen escritos en ellas los respectivos nombres y apellidos de cada uno, a excepción de los oficiales que en la actualidad fuesen... de cuyas cédulas se saquen por suerte ocho y los contenidos en estas, junto con los dos Hermanos mayores, que a la sazón fuesen, propongan doce Personas, a saber: dos para el oficio de Prioste; otras quatro para los dos de Hermanos mayores; otras dos para el de Secretario de la Hermandad; otras dos para el de Celador; otras dos para el de Mayordomo. Y después juntándose los referidos ocho electores y los dos Hermanos mayores actuales, nombren cuatro Personas para que exerzan estos oficios, y concluido esto se hagan presentes a la Hermandad las proposiciones a fin de que se pasen a votar, y executado, queden electos los que tuvieren mayor número de votos... nombrándose asimismo quatro Diputados... siendo los dos de ellos, los que acaban de ser Hermanos mayores... y los otros dos los que tuviesen mayor número de votos” (53).

En el capítulo 8º. se regula el modo en que la Hermandad ha de concurrir cada año a la Procesión del Corpus, en la que participarían todos los hermanos portando velas encendidas y llevando a las imágenes de la Virgen de los Reyes y San Mateo desde su capilla del Convento de San Francisco en procesión, para volver al mismo en idéntica forma.

Muy pormenorizado resulta cuanto las Reglas establecen para los entierros de los cofrades, a los que debían acudir los restantes, los cuales acompañarían al cadáver hasta la parroquia en la que se fuera a enterrar, disponiendo un paño sobre el féretro junto con doce hachas de cera. Así mismo, la Hermandad mandaría decir cinco misas en sufragio de su alma en el Convento y otra más en la capilla de Scalas de la Catedral. Si el fallecimiento de un hermano se producía fuera de Sevilla, la Hermandad dispondría lo necesario para celebrar las seis misas antes señaladas en sufragio de su alma. En cualquier caso, todos los cofrades estaban obligados a rezar veinte padrenuestros y otras tantas avemarías cuando se produjera la muerte de algún otro. Así mismo, se establece la celebración, con toda la solemnidad posible, de dos misas, una en la fiesta de Todos los Santos y otra, al día siguiente, por todos los hermanos difuntos y sus mujeres. En caso de óbito de la viuda de un hermano recibiría las mismas honras que su esposo, salvo que contrajera nuevas nupcias. También si falleciera un hijo, padre, suegro o criado de un hermano, siempre que viviera en el domicilio familiar de éste, se darían seis hachas para su entierro, pero no se diría ninguna misa en sufragio de su alma.

Estas Reglas se cierran con el texto de la Protestación de Fe que se lee en la Función Principal de Instituto.

3.- Las últimas aprobaciones de Reglas
Casi siglo y medio después de la aprobación de las referidas Reglas de 1788, superados con notable dificultad los azarosos años del siglo XIX que tanto perjuicio causaron a la Corporación y con el fin de insuflarle nuevo aliento se aprueban nuevas Reglas el 8 de noviembre de 1934. Llama la atención el hecho de que se llevara a cabo tal renovación durante la II República, si bien, conviene tener en cuenta que coincide con la etapa de gobierno radical-cedista que había hecho nacer en las derechas españolas la idea de que sería posible un régimen alejado de prácticas demagógicas y anticlericales. No debe ser mera coincidencia el hecho de que en ese mismo año de 1934 volvieran a hacer Estación de Penitencia en Sevilla trece cofradías durante la Semana Santa. A partir de este momento, la Hermandad experimentaría un notable auge, pues se constata la incorporación de un importante número de hermanos, artesanos todos de la sastrería.

Por último, el 6 de enero de 1987, tiene lugar por parte de la Jerarquía eclesiástica diocesana la última aprobación de Reglas de la Cofradía.



CAPÍTULO 3: EL PATRIMONIO

1.- Imágenes Sagradas
1.1.- Nuestra Señora de los Reyes
En el siglo XVI, la Hermandad adquiere la imagen de la Santísima Virgen de los Reyes. Se trata de una talla de Nuestra Señora, representada como "Sedes Sapientiae", por lo que lleva sobre sus rodillas al Divino Infante, al que sujeta con ambas manos. Se desconoce la autoría de la talla, ejecutada en madera de pino, que mide 1,27 m. de altura. Su cabeza mide 0,20 m. y las manos 0,19 m.

En 1769 se colocan a la imagen unas armellas para componer los brazos. Cinco años después –en 1770, se restauran las manos de la Virgen. A fines del siglo XVIII debió llevarse a cabo una importante reforma de la imagen a la que se colocaron ojos de cristal y pestañas postizas, siendo también policromada en su totalidad, al igual que la imagen del Niño Jesús, según se verá al tratar más adelante sobre el mismo. En 1934, el escultor José Sanjuán Navarro clavetea una saya interior de tela a la imagen de la Santísima Virgen (54). El imaginero Luis Álvarez Duarte lleva a cabo una limpieza de la mascarilla de la Santísima Virgen y las manos del Niño Jesús en 1982.

1.2.- Niño Jesús
A fines del siglo XVII o principios del XVIII se fecha la ejecución de la imagen del Niño Jesús, obra anónima, gubiada en madera. Del Inventario de 1786 se deduce que la Hermandad contaba con dos imágenes del Niño Jesús, ya que habla de “unos zapatos de seda del niño de la Virgen, del niño del pie de altar unos zapatos de plata, tres potensias de plata y el mundo de plata, un belo encarnado y plata del niño del pie de altar, un bestido de terciopelo con galon de oro angosto del niño de pie de altar” (55). Este nos lleva a pensar que el Niño sedente que reposaba sobre el regazo de la Virgen fue sustituido –hacia la década final del siglo XVIII y sin que sepamos la causa- por el Niño de pie de altar, al que se adaptó articulándole las piernas para poderlo sentar, sustituyéndole las potencias por la corona del primitivo Niño, razón por la que no se adapta con fidelidad al contorno ni la morfología de la cabeza. Podría aventurarse también que a estos años se debe la policromía dieciochesca que presentan tanto la imagen de la Virgen como la del Niño, la cual subyacía bajo otra posterior de muy escaso mérito y que se ha rescatado en la restauración llevada a cabo en 2005 por los especialistas Almudena Fernández García y José Joaquín Fijo León.

1.3.- San Fernando
Durante mucho tiempo se han considerado como obras de Pedro Roldán las imágenes de los Santos Reyes, Fernando y Hermenegildo, tutelares de la Ciudad de Sevilla, que se hallan situados a derecha e izquierda, respectivamente, de la Virgen de los Reyes, fechándose su ejecución en 1674 Se trata de dos tallas de las concebidas como “de retablo” de 1,75 m. de altura, labradas en madera de cedro, policromadas y estofadas (56). Quizás la ejecución de la imagen del Santo Rey deba retrotraerse hacia la mitad del siglo XVII, por cuanto en el embargo que sufre la Hermandad en 1654 se manifiesta por parte del Mayordomo Francisco Martín Carrascosa que aún se le adeudaban dos mil reales “importe de la efigie de San Fernando y de la hechura del primer retablo que se colocó en la capilla” (57). El profesor Palomero Páramo indica que son obras anónimas de 1745 (58) sin que la documentación existente en el Archivo de la Hermandad ofrezca más luz sobre este particular.

La imagen de San Fernando, representa al monarca castellano como guerrero victorioso, noble y virtuoso. Se muestra en actitud de marcha; de pie, adelantando la pierna izquierda, mientras la derecha permanece cargada y en reposo. En sus manos porta los atributos del poder y la justicia: espada (cuya hoja es auténtica mostrando la marca del antiguo gremio de espaderos sevillanos) y esfera, de color verde oscuro decorada con esgrafiados en forma de espiral. Viste camisa con golilla en cuello y puños, coraza, bajo la que aparecen las calzas, manto real y botas. La cabeza muestra una melena corta. Lleva corona dorada. El manto se abrocha bajo la gola y recoge uno de sus lados en el brazo izquierdo, mientras el resto cae formando pliegues perpendiculares. El anverso es de color rojo sobre fondo de oro bruñido, ornamentado con castillos y leones, motivos florales en azules y decoración en relieves y en el que se incrustan pequeños cristales a modo de pedrería; se complementa dicha decoración con esgrafiados horizontales y punzonados circulares y longitudinales que dejan al descubierto el estrato dorado subyacente. El reverso es de color blanco con punteados en negro imitando la textura del armiño, consiguiéndose el efecto pelo mediante esgrafiado en forma de ondas. Se remata el borde del manto con una orla decorativa dorada. La coraza aparece abultada en la zona del pecho y se prologa hasta la cadera terminando en lóbulos, se encuentra estofada sobre fondo verde con motivos decorativos, florales y con relieves similares a los que se muestran en el manto con incrustaciones de cristales; imitándose el efecto moaré de esta zona por medio de líneas esgrafiadas paralelas en forma de zigzag, completándose la ornamentación con punzonados circulares y longitudinales. Las calzas, bajo la coraza, son de color rojo con efecto de pedrería similar al de la coraza y esgrafiados en horizontal. Las medias son de color blanco, presentando motivos decorativos en zigzag esgrafiados. Las botas se extienden hasta debajo de la rodilla sin vuelta, son de color marrón con esgrafiados en forma de espiral, punzonados en el borde y decoración con motivos florales.

1.4.- San Hermenegildo
La imagen de San Hermenegildo, fechable hacia 1745, según se ha indicado con anterioridad, también se muestra en actitud de marcha. Adopta una cierta pose de gallardía, con leve movimiento acentuado en el giro del tórax, rodillas levemente flexionadas, adelanta la pierna izquierda y retrasa la derecha. Porta sus símbolos parlantes: la cruz, los grilletes, el hacha y la palma (atributos de su fe, su prisión y su martirio). Viste coraza, abultada en los abdominales, túnica en la que se acentúa con mayor precisión el movimiento, elevándose onduladamente en la zona inferior, y gregüescos donde también se aprecia este movimiento captado en una instantánea. Calza botas a media pierna y porta un manto de ricos pliegues elegantemente dispuestos alrededor e la zona superior del cuerpo. La decoración de esta vestimenta es exquisita, a base de de pequeñas piezas, con cristales tallados que imitan pedrerías. Tiene el cabello corto y barba, ambos formando grandes mechones que adoptan la disposición de ondas. Lleva corona dorada. Esta imagen fue restaurada en 1983 por José Rodríguez-Rivero Carrera.

1.5.- San Mateo
En 1814, se fecha la imagen del apóstol San Mateo que ocupa el ático del retablo donde se veneran los Titulares de la Hermandad. Es una talla anónima de madera y telas encoladas de regular mérito artístico.

1.6.- San Mateo
Otra imagen del Apóstol y Evangelista San Mateo posee la Hermandad. Se trata de una talla barroca de autor anónimo. La obra está ejecutada en madera, encarnada, policromada y estofada. En 2008 ha sido restaurada por Emilio López Olmedo, momento en que se le ha colocado un nimbo de plata de ley del orfebre Joaquín Osorio.

2.- Las Banderas
2.1.- La Bandera de 1526
Como ya se ha señalado con anterioridad, la Cofradía fue una de las corporaciones que asistió al enlace matrimonial de Carlos I con doña Isabel de Portugal, que tuvo lugar en los Reales Alcázares de Sevilla el día 11 de marzo de 1526 y en cuya ocasión estrenó una rica bandera granate, de 2,33 m. de largo por 1,97 m. de alto, que posiblemente sea la insignia bordada más antigua que se conserva por una cofradía sevillana.

El insigne historiador José Gestoso, en su obra: “Noticia histórico-descriptiva del antiguo Pendón de la Ciudad de Sevilla y de la Bandera de la Hermandad de los Sastres”, estudia exhaustivamente esta histórica bandera: “En el centro, sentado en un trono de estilo plateresco, sencillo de ornatos, hállase la imagen del Emperador Carlos V, cuyo rostro está magistralmente bordado de sedas, y detrás de él vese el respaldar de la silla cubierto por un paño repostero de raso verde con cenefa de tallos serpeantes labrados con cordoncillo de oro. Tiene el César corona imperial del mismo cordoncillo, que resalta sobre fondo azul, asentada sobre una gorra, cuya tela ha desaparecido, no quedando más que el aparejo de lienzo crudo teñido de azul obscuro, sobre el cual aún quedan adornos que imitan joyeles; el cuello es escarolado, el jubón de raso carmesí escotado muy bajo con vueltas de raso color de castaña adornado con labores de hilillo de oro, de cuya misma materia es el collar del Toisón que ostenta sobre el pecho. Manto amarillo de raso con grandes vueltas y cuello que recuerdan los de los tabardos, de color azul, cae desde su hombro derecho, llega al suelo plegando elegantemente, sube por las rodillas hasta caer sobre la izquierda. Sus fimbrias están adornadas con la mayor sencillez de labor de estilo plateresco formada por cordoncillo de oro; en la diestra mano sostiene gran cetro de raso amarillo y en la siniestra el globo símbolo del imperio. En esta misma rodilla se ven restos de la calza de raso rojo y los extremos de la falda del jubón del mismo color. El calzado es a la romana y está casi perdido, conservando solamente los lineamientos de los adornos, de los cuales puede colegirse que fue el coturno. Por el lado derecho de la imagen sobresale el brazo del trono, de elegante dibujo plateresco. La manga del sayo de este mismo lado fue azul con cordoncillos de oro, que van enrollándose alrededor del antebrazo, y en los centros adornitos que imitan piedras preciosas. En cada uno de los ángulos de la bandera hay un escudo circundado por guirnaldas compuestas de hojas de raso verde contorneadas de cordoncillo de seda amarilla y pomas de raso del mismo color. Ocupa el superior de la derecha, la Cruz de Borgoña con un eslabón azul del Toisón, del cual pende el vellocino: encima del aspa una corona imperial. El escudo inferior de este mismo lado ostenta las columnas de Hércules sobre pedestales y la cinta o filacteria en que estaría escrito el lema “Plus Ultra”, y encima gran corona imperial que rompe la guirnalda. Hacen juego con estos escudos otros dos colocados análogamente con las armas plenas de España, las águilas austriacas y el collar del Toisón, que a nuestro juicio hubieron de estar colocados en sentido inverso a como se ven hoy: creemos, pues, que bajo el escudo de Borgoña estaría uno de los de las armas plenas, y bajo el superior de aquéllas el de las columnas de Hércules” (59).

El meticuloso análisis de Gestoso, le permitió descubrir la efigie que constituye la otra cara de esta histórica bandera renacentista y en la que se representa a San Fernando, sentado en su trono, vestido a la morisca y tocando su cabeza con un turbante. En las manos porta un escudo con las armas de Castilla y León –derecha- y una espada –izquierda-. La altura de esta imagen 1,27 m., medida que coincide con la César Carlos.

En 1986, la Obra Cultural de la Caja de Ahorros San Fernando costea el pasado de esta histórica Bandera a un antiguo tejido de damasco rojo, labor que es llevada a cabo por Aurelia García Parra.

2.2.- La Bandera del siglo XVII
En el siglo XVII se copió la bandera del Emperador en otra que también conserva la Hermandad, cuya tela de tafetán grueso carmesí, llevando en el centro bordada la imagen de San Fernando, toda ella con trencillas y fondos de seda de colores. Viste jubón y calzas verdes, siendo los zapatos azules. La silla o trono es una mala copia de los elegantes en que están sentados San Fernando y Carlos V en la bandera antigua, notándose claramente que trataron de imitar los de ésta teniendo aquélla presente. En la mano izquierda ostenta el cetro, y en la derecha el globo. El rostro y manos de la imagen están pintados al óleo sobre lienzo. El Santo Rey ofrece un curioso anacronismo al lucir el collar del Toisón de oro. En cada uno de los ángulos de la bandera hay un escudo cuartelado de castillos y leones, circunscritos en marcos ovalados con volutas a manera de los adornos de las tarjetas decorativas empleadas en los siglos XVI y XVII. La efigie del Santo Rey mide 0,90 m. De alto por 0,52 de ancho.

Era costumbre que en el siglo XVII, la Hermandad integrara en su cortejo de la Procesión del Corpus, ambas banderas, la renacentista y la barroca, como se deduce de la información facilitada por el Acta correspondiente al cabildo celebrado el 21 de Mayo de 1684, en el que se procede a la designación de los cofrades que había de portar las insignias. “Francisco Saavedra para llevar el Simpecado, para llevar el estandarte nuevo a Pedro ¿Eslate? y el viejo llebara a Jerónimo Sánchez” (60).

3.- Platería
3.1.- Las coronas
Las sagradas imágenes de la Virgen y el Niño poseen dos artísticas coronas de plata labradas a fuego con resaltes y tréboles y adornos de piedras semipreciosas prendidas por el procedimiento de cabujones. Se trata de dos interesantes piezas anónimas, fechables en el siglo XVI.

3.2.- Las antiguas varas de los Alcaldes
Del siglo XVIII son las varas de los dos Alcaldes de la Cofradía, constituidas por seis cañones de metal plateado con fina decoración vegetal que se desarrolla en espiral y galletas doradas que reproducen el escudo de la Hermandad.



CAPÍTULO 4: APÉNDICE DOCUMENTAL

El Libro de Cabildos de los siglos XVII y XVIII se cierra con un interesante Inventario de bienes, fechado el 24 de mayo de 1786 (61), que resulta de enorme interés para conocer parte del patrimonio de la Hermandad en aquellos momentos:

“Un libro de medio pliego de las fiestas que se ysieron al Sot. Rey, otro libro donde están los Hermanos, otro libro de entrada de ermanos,- otro libro de quentas, cuenta el cargo de Don Joseph López, otro libro de Cabildo, otro libro membrete de bisitas, un Simpecado completo, las dos baras para los dos estandartes con sinco cañones de plata cada una, las baras de los dos Alcaldes con ocho cañones cada una de plata y su ynsinia ariba, una corona de plata de la Sra., unos zapatos de seda del niño de la Virgen, del niño del pie de altar unos zapatos de plata, tres potensias de plata y el mundo de plata, un belo encarnado y plata del niño del pie de altar, un bestido de terciopelo con galon de oro angosto del niño de pie de altar, una Cruz de Gerusalen enbutida en […], la diadema de Sn matheo y pluma disen ser de plata, una corona de San Fernando de plata y piedras, una lámpara de plata que pesa cinco libras y 7 onzas, dos arañas de plata con tres mecheros, 16 mecheros de metal, 4 candeleros de metal Grandes, 4 candeleros de metal chicos, 6 más chicos de metal, una campanilla de metal, tintero y salvadera de metal, un bestido bordado de oro de la Sra., un bestido seleste bordado, un bestido morado de la Sra., una sobremesa e raso liso descolorido, otra senefa de damasco carmesí con senefa de tela y galon de oro, los cuatro pilares del paso con ocho cañones de plata, tres bastones con sus escudos de plata (62) […], un paño de difuntos Bordado, una cortina de la puerta de la Capilla de lienso asul, los quatro faldones del paso de raso antiguo, quatro manteles del altar […], quatro bancos Grandes y dos Chicos, Dos escaleras”.

Llama la atención el hecho de que no aparezcan en este Inventario otros bienes de gran notoriedad, como la capilla del convento de San Francisco, las imágenes, el retablo o los cuadros de San Fernando y San Homobono entre otros.




NOTAS
(1) BURGOS BELINCHÓN, Antonio: “Sevilla en cien recuadros” (“El alfayate y el rey”). Editorial Espasa-Calpe, S. A. Madrid, 1991.
(2) MONTOTO DE SEDAS, Santiago: “Las calles de Sevilla”. Imprenta Hispania. Sevilla, 1940.
(3) SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis: “Historia de España Antigua y Media”. Ed. Rialp S. A. Madrid, 1976.
(4) ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: “Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla, metrópoli de Andalucía”. Imprenta Real. Madrid, 1796. Edición facsímil de Guadalquivir, S. L., Ediciones. Sevilla, 1988.
(5) GONZÁLEZ ARCE, José Damián: “Sobre el origen de los gremios sevillanos”. Archivo hispalense, tomo 73. Sevilla, 1990.
(6) ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: ibidem.
(7) ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: ibidem.
(8) Las Ordenanzas de 1525 incluyen el acuerdo de que siempre que tenga lugar algún acto en honor de San Fernando, los sastres habrían de acudir a él vestidos de alabarderos y armados con alabardas para rendirle los honores de Soberanía.
(9) ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: ibidem.
(10) ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: ibidem.
(11) GESTOSO Y PÉREZ, José: “Noticia histórico-descriptiva del antiguo Pendón de la Ciudad de Sevilla y de la Bandera de la Hermandad de los Sastres”. Edición facsímile del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1999.
(13) ESPINOSA DE LOS MONTEROS, Pablo: Historia, Antigüedades y Grandezas de la muy Noble y muy Leal Ciudad de Sevilla. Sevilla, 1635
(14) ARENAS GONZÁLEZ, Hilario y Fernando Gelán. Devociones sevillanas en “A B C”. Sevilla, 7 de agosto de 1983, pág. 20.
(15) ANTEQUERA LUENGO, Juan José: “Crónica de Palacio”. “La Vera Cruz pierde en 1635 un pleito con la de los Reyes”. En “El Correo de Andalucía”. Sevilla, 19 de Marzo de 1996, pág. 17.
(16) ARCHIVO DE LA HERMANDAD DE LOS SASTRES (en adelante A. H. S.): Libro de Cabildos de los siglos XVII y XVIII (1673 – 1788).
(17) A. H. S.: Ibidem.
(18) A. H. S.: Ibidem. No se empezaría hasta el 15 de agosto de 1648 a dar limosna para constituir un fondo con el expresado fin.
(19) Si la cifra necesaria para ello fuera mayor, el preso debería costear la diferencia a sus expensas.
(20) ARENAS GONZÁLEZ, Hilario y Fernando Gelán. Devociones sevillanas en “A B C”. Sevilla, 12 de agosto de 1983, pág. 20.
(21) MARTÍNEZ ALCALDE, Juan: "Hermandades de Gloria de Sevilla". Ed. Boletín de las Cofradías de Sevilla. Sevilla, 1988.
(22) MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla. Sevilla, 1887.
(23) MATUTE Y GAVIRIA, Justino: Ibidem.
(24) A. H. S.: Ibidem.
(25) A. H. S.: Ibidem.
(26) A. H. S.: Libro de cargo y data.
(27) A. H. S.: Libro de Cabildos de los siglos XVII y XVIII (1673 – 1788).
(28) CASTILLO UTRILLA, María José: “El Convento de San Francisco, Casa Grande de Sevilla”. Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial de Sevilla. Colección “Arte Hispalense” nº. 47. Sevilla, 1988.
(29) A. H. S.: Ibidem.
(30) A. H. S.: Ibidem.
(31) A. H. S.: Ibidem.
(32) A. H. S.: Ibidem. Sin duda este escudo debe ser el que se conserva actualmente en el retablo de la Hermandad a espaldas de la Santísima Virgen.
(33) A. H. S.: Ibidem.
(34) CARRERO RODRÍGUEZ, Juan: "Nuestra Señora de los Reyes y su historia". Editorial Rodríguez Castillejo. Sevilla, 1989.
(35) MARTÍNEZ ALCALDE, Juan: "La Virgen de los Reyes. Patrona de Sevilla y de su Archidiócesis. Historia, arte y devoción". Editorial Miriam. Sevilla, 1989.
(36) A. H. S.. Libro de Actas I.
(37) A. H. S.: ibidem.
(38) A. H. S.: Libro de Actas II.
(39) A. H. S.: Libro de Actas II
(40) A. H. S.: ibidem.
(41) GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel y Morillas García, José María. "Las Glorias". Catálogo de la Exposición organizada por el Consejo General de H. H. y C. C. de la Ciudad de Sevilla con el patrocinio de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Sevilla, 1992.
(42) A. H. S.: ibidem.
(43) A. H. S.: Boletín “Alfayates” nº. 23.
(44) A. H. S.: Boletín “Alfayates” nº.27. La Procesión se inició a las seis y media de la tarde, efectuando su entrada en el templo a las nueve y media de la noche; discurriendo por el siguiente itinerario: Plaza de San Ildefonso, Zamudio, Plaza de San Leandro, Francisco Carrión Mejías, Juan de Mesa, Plaza de Ponce de León, Santa Catalina, Alhóndiga, Gerona, Plaza de San Juan de la Palma, Santa Ángela de la Cruz, laza de San Pedro, Plaza del Cristo de Burgos, Sales y Ferré, Boteros y Plaza de San Ildefonso.
(45) MARTÍNEZ ALCALDE, Juan: "Hermandades de Gloria de Sevilla". Ed. Boletín de las Cofradías de Sevilla. Sevilla, 1988.
(46) Como primer firmante de esta aprobación figura el Conde Campomanes. Sin duda, se trata de Pedro Rodríguez de Campomanes (1723 – 1802), quien en 1780 recibió el referido título nobiliario.
(47) JUAN 1, 1-14.
(48) PROVERBIOS 8, 15: Por mí reinan los reyes y los soberanos decretan la justicia.
(49) A. H. S.: Libro de Cabildos de los siglos XVII y XVIII.
(50) A. H. S.: Ibidem.
(51) A. H. S.: Ibidem.
(52) A. H. S.: Ibidem.
(53) A. H. S.: Ibidem.
(54) HERNÁNDEZ DÍAZ, José: "La Virgen de los Reyes. Patrona de Sevilla y de la Archidiócesis. Estudio iconográfico". Guadalquivir, S. L. Ediciones. Sevilla, 1996. Pág. 33.
(55) A. H. S.: Libro de Cabildos de los siglos XVII y XVIII.
(56) BERNALES BALLESTEROS, Jorge: "Pedro Roldán". Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Sevilla. Colección “Arte Hispalense” nº. 2. Sevilla, 1973.
(57) ARENAS GONZÁLEZ, Hilario y Fernando Gelán. Devociones sevillanas en “A B C”. Sevilla, 12 de agosto de 1983, pág. 20.
(58) PALOMERO PÁRAMO, Jesús M.: Magna Hispalensis. El universo de una Iglesia. Sevilla, 1992.
(59) GESTOSO Y PÉREZ, José: Ibidem.
(60) A. H. S.: Libro de Cabildos de los siglos XVII y XVIII.
(61) A. H. S.: Ibidem.
(62) Constituían el atributo de los Veedores del Gremio.







Ponencia presentada por el autor del trabajo en el
“Simposio sobre Hermandades de Sevilla y su Provincia”
Fundación Cruzcampo. Noviembre de 2009.



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